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17 sep. 2015

La noche de Isabel (Salvador Fleján)

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Nadie sabe quién descubrió el sitio. Algunos atribuyen el hallazgo a las huestes del grupo literario “El Apéndice de Pablo”; cofradía comandada por el joven escritor Mario Morenza y cuyo principal postulado se centra en la búsqueda de esa entelequia líquida que es el tercio Polar a 80 bolívares. 


Otros, con el tiempo, han elaborado teorías un tanto más elaboradas aunque menos fiables. Lo cierto del caso es que los jóvenes y no tan jóvenes escritores caraqueños se estaban quedando sin un sitio de tertulia desde que los restaurantes chinos descubrieron que estaban vendiendo la cerveza demasiado barata.

Antes de que ocurriera aquella debacle, hubo chance de tejer chistes históricos-literarios. Así, era dable escuchar cosas como: “La República del Este ha muerto: ¡Viva la República Popular China!”, ingeniaban algunos espontáneos antes de que el capitalismo salvaje tomara forma de lumpia.

En aquella transición político-cervecera andábamos cuando nos llegó el dato. En un principio aquella fachada de piedras carrasposas y el deslucido letrero de “Heladería Altamira” desalentaron hasta a los espíritus más avant-garde. Sin embargo, la promesa de la cerveza a 80 y unos quiméricos whiskys 8 años a 250 bolivarillos quebraron las más tenaces resistencias.

Pero el evento definitivo que nos convencería de que aquél sería “El Sitio”, ocurrió una noche un poco después del descubrimiento. Creo que acabábamos de salir de una presentación de un libro en la librería Lugar Común. Entre los muchos escritores que logro recordar que se aventuraron a acompañarnos a nuestro reciente descubrimiento, estaban la novelista Gisela Kosak, los poetas Willy MacKey, Eleonora Requena y Santiago Acosta. También el narrador Rodrigo Blanco Calderón, el ensayista Luis Yslas y la encargada de la librería El Buscón, Carla Cordero.

La noche avanzaba sin mayores sobresaltos. El poeta MacKey devoraba una bizantina combinación de papas fritas con huevos fritos a la que coronaba con una espeluznante variedad de toppins de salsas. Blanco Calderón daba cuenta de un Cordon Blue; platillo del que se hizo adicto desde aquel entonces. Las cervezas a 80 y los escoceses a 250 llegaban a la mesa de la mano de José, el único mesonero del local con diligente rapidez. No lo podíamos creer, pero lo que estaba sucediendo era el evento por el que tanto rogábamos desde la “crisis china”: El Milagro de Altamira.

Antes de cerrar el local, se nos acercó una mujer. Isabel celebraba su cumpleaños número 40 y lo hacía en solitario desde la barra. Creo que sonaba algo de Billo’s cuando se aventuró hasta nuestra mesa. Sin mucho protocolo, sacó al poeta MacKey a bailar un set  del maestro dominicano.

En menos de diez minutos, toda la mesa se encontraba enganchada a la “locomotora” Isabel en un trencito interminable por todo el salón. Jesús, el mesonero, tuvo a bien cerrar las puertas de local. Isabel era conocida del sitio, pues trabajaba de anfitriona en un restaurante italiano a escasos metros del bar. Esa noche la cumpleañera bailó de todo con nosotros. Creo que hasta una coreografía de Thriller hicimos con Isabel en plan estelar. Nunca he visto a una persona divertirse tanto como aquella mujer.

Cuando volvimos al bar la siguiente semana, Isabel estaba en el mismo sitio de la barra donde la vimos en su cumpleaños. Nos extrañó que no se acercara a saludarnos. En una que fui al baño, me acerqué hasta la barra para preguntarle qué tal había llegado a su casa aquella noche. La mujer se asustó cuando la llamé por su nombre. Más aún cuando le di detalles de la celebración. No me creyó hasta que le mostré unas fotos que tenía en el celular, donde aparecía comandando el trencito con los brazos extendidos y en pose sabrosona.

-Borracho no es gente- fue todo lo que dijo.

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