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17 sep. 2015

Invitados por ellos mismos (Salvador Fleján)

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Se trata de una logia secreta y exclusiva. En la actualidad, pocos tienen la posibilidad de acercarse al clan y postularse. Es casi una sociedad cerrada y endogámica. Cuentan que los fundadores se conocieron en una legendaria noche de fiesta donde sellaron su pacto secreto. 


Esos inciertos orígenes se han ido confundiendo y entrelazando con otros menos verificables hasta conformar toda una mitología que los sumerge en una bruma oscura pero ennoblecedora. El nombre del grupo han tratado de mantenerlo oculto a la manera de las sociedades secretas del siglo XV, pero la sabiduría popular ha tenido a bien resumirlo en las siglas “Coiemis”, que vendría a ser algo así como Comité de Invitados por Ellos Mismos, y cuyo nombre científico es “Vulgaris Coliadus Cañis”.

Reconocer a un “Coiemis” requiere de un ojo entrenado en el mundo de los bautizos de libros, vernissages de galerías o cualquier evento cultural donde ofrezcan “brindis de honor”, “coctel de bienvenida” o simplemente un palito gratis de cualquier cosa. Como se trata de una sociedad de pocos miembros, ya una vez que identificas al primero, reconocer al resto resulta una tarea más fácil. Los “Coiemis” son como las chiripas: cuando vez a uno sabes que nunca anda solo; el grupo sólo aguarda a que aparezca la comida (y el vino) para entrar en acción.

Pero, ¿Cuáles son sus rasgos más característicos? Aquí es donde la experiencia y el ojo entrenado juegan un papel decisivo. Los “Coiemis” de la vieja guardia, aquellos que sellaron el pacto entorno a una opípara mesa de quesos y ocultaron un grueso tolete de Camembert en uno de los bolsillos del paltó, prefieren ir trajeados. El detalle está en que sus trajes parecieran ser los mismos que usaron el día del pacto a principios de los años ‘80. Sus sacos y pantalones muestran un efecto tornasolado, producto de las sucesivas lavadas y planchadas caseras. Lo que alguna vez pudo haber sido lana o casimir, hoy en día parece poliéster gracias a la agitada vida social de su único propietario.

Hay, por otra parte, una rama de “Coiemis” que buscó de mimetizarse con el look del intelectual criollo, aunque con poco éxito, claro está. Así, algunos de ellos se les pueden ver disfrazados de profesor universitario, cineasta o poeta. Los que más abundan (supongo que por lo barato de la pinta) son los “cineastas”, que invariablemente siempre cargan puestos sus chalecos de múltiples bolsillitos sin mangas, jeanes dos tallas más grandes y mocasines de tacón gastado. Hay quienes tienen el outfit del poeta Rafael Cadenas como modelo. A estos, los vemos padecer en ambientes cerrados sin aire acondicionado producto del largo chaquetón de lona que el poeta Cadenas casi ha impuesto como su trademark. Añádasele a la pinta, el bulto de cuero cruzado en bandolera que, en el caso del bardo caraqueño, puede contener un manuscrito o algún poemario de Saint-John Perse, pero que en lo tocante a nuestro “Coiemis”, lo más probable es que contenga un libro del poeta Cadenas robado de la Librería El Buscón.

La manera que tienen de enterarse de los bautizos, cocteles y convites más exclusivos y reservados todavía es un misterio. Algunos hablan de una red de complicidad que involucra a mesoneros, personal de bajo rango en compañías de catering e incluso personal de vigilancia como porteros. Pero también corre la especie tecnológica de que alguno de ellos se hizo con una lista de invitaciones digital, de la cual sacan la vital información.

Si todavía tiene alguna duda para reconocer a un “Coiemis” acérquesele discretamente y si el sospechoso emana un denunciante hedor a Roquefort, no tenga la menor duda que está frente a un auténtico “Vulgaris Coliadus Cañis”.

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