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7 nov. 2014

Invisibles



Sus voces circulan por la red de lo privado: espacios de Facebook bañados por la nostalgia, el chateo desde una helada oficina que intenta superar la diferencia horaria, la larga llamada que aprovecha al máximo los minutos de una tarjeta de descuento. Ellos están ahí, al otro lado de la línea, en muchos casos afanándose para que no se estiren hasta el rompimiento los vínculos con nosotros, mientras bregan con los desafíos de vivir en un país que no es el suyo, de entenderse en otra lengua, de caminar por aceras congeladas. Sobre todo, con el de defenderse de una depresión económica global que golpea a los inmigrantes primero que a nadie más.

Asfixiados por el interminable bombardeo de polémicas, amenazas y sobresaltos de la política o la economía de Venezuela, aislados (en parte) del resto del mundo por el control de cambio, los habitantes de este país miramos mucho hacia nosotros mismos y hablamos poco de aquellos que han tomado un avión para vivir fuera. Siguen ahí las colas ante los consulados o las casas de cambio que envían remesas familiares, o se distribuyen ofertas para invertir en la nueva fantasía tropical, Panamá; siguen las solicitudes para los complicados procesos para emigrar a Canadá o Australia, esos exóticos paraísos de altos índices de desarrollo humano y climas extremos. 

Hay una manifestación física, visible hasta en algunas aceras, de los esfuerzos que cientos de personas, sobre todo de la clase media, están haciendo para probar suerte en una tierra sin hallacas ni Cocosette. Muchísimos de nosotros tenemos amigos o parientes en el exterior, estudiando un MBA, aferrados a un cargo en una trasnacional, desempeñando una labor que jamás harían en su ciudad de origen. Ilegales, inexistentes ante el Estado que los acoge sin darse cuenta, o plenamente documentados luego de mucho trajín y algo de suerte. Muchísimos de nosotros conocemos a un connacional exiliado. Pero poco se habla de ellos. 

Que yo sepa, no hay todavía un libro con los testimonios de quienes se fueron o de quienes han vuelto, con los relatos de las navidades nevadas o los motivos que empujaron la partida, ni del cambio de circunstancias que provocó el regreso. 

La emigración no es una experiencia inédita en la vida venezolana; conocemos los lamentos de ciertos próceres del XIX que no veían otro remedio que el destierro, justamente la condición en que murieron Bolívar, Páez o Guzmán Blanco, y tenemos una literatura que se alimentó del exilio o que directamente habló de él, hecha con las voces de gente tan distinta como Teresa de la Parra o Rómulo Betancourt. 

Mas no termina de aparecer una conversación abierta, escrita o grabada, sobre la experiencia de miles de personas desde los años 90, cómo eso ha creado un nuevo tipo de vínculo con el país, cómo eso incide en la percepción sobre lo que somos, pues no piensa ya lo mismo sobre Venezuela quien decide dejarla porque está harto de sus violencias, ni quien opta por volver a ella al darse cuenta de que le ha fallado la quimera del norte. Ellos siguen invisibles, pero son nuestra gente. 

Y quién sabe en qué momento nos les uniremos nosotros también...


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