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7 nov. 2014

Nacimos a finales de los años 50 y 60



Aprendimos a caminar entre juguetes Fisher Price comprados con dólares a 4,30. Pero apenas tuvimos uso de razón, nos tocó ver cómo a la Gran Venezuela se la caía su fachada de colores chillones para revelar un interior vacío: con los años, hemos tenido que aprender, mientras crecíamos, que ese país del Museo de los Niños y los murales de Cruz Diez y el Metro de Caracas y la nueva música urbana era en realidad tan precario como el náufrago de Jorge Blanco, como la guitarra de una sola cuerda que Joselo hacía con una lata de Mazeite para tañer con un frasco de compota.

Todo el mundo nos decía que el pasado había sido mejor, pues nos perdimos la era psicodélica, el gobierno de Leoni y el aire puro. Nos criaron entre recortes de presupuesto y crecientes advertencias sobre los peligros de la calle, mientras hacíamos colas de dos horas para ver Los Goonies o nos embarcaban en viajes interminables por carretera en un Malibú al que no se le podían bajar los vidrios de atrás, en el que nuestros padres nos torturaban ­sin derecho a apelación­ con casetes de Camilo Sesto. 

Para nosotros, aquella Caracas en la que había que usar suéter y se podía dormir con las puertas abiertas, tiene la mismita condición remota y legendaria que la batalla de Carabobo. Estábamos en primaria cuando vino el Viernes Negro y la economía comenzó a despeñarse; cursábamos bachillerato cuando nuestros padres nos sacaron aterrados de las aulas porque había estallado el Caracazo; nos las arreglábamos con la universidad cuando vinieron los toques de queda del 92. 

En las dos décadas que nos llevó alcanzar tallas de adultos, se desmenuzó como un galletón de Nabisco la democracia venezolana, los Betamax se convirtieron en DVD, se multiplicó la población, se cayeron los cerros, volvieron los militares, se instaló el miedo, llegó internet... pana, prácticamente lo único que ha permanecido ahí es Madonna. Nos ha tocado vivir una crisis tras otra, entender a cada instante una nueva transformación y adaptarnos como podemos. 

Hay que ver lo complejo que es arraigarse con un paisaje que cambia continuamente, hacerse de una identidad colectiva que limite el potencial anárquico del individualismo cuando las referencias comunes desaparecen año tras año. Familias atornilladas en sus dogmas y sus costumbres nos depositaron en un mundo incierto donde nada es lo que parece. Y pa’ completar, nos llamaron la generación boba. 

Pero ahora somos padres y profesionales. Tenemos edad para alimentar una industria propia de la nostalgia. Nos hemos incorporado al trabajo, a las actividades creativas y la producción de riqueza (o de pobreza) con cada vez más protagonismo. Ya hay gobernadores de estado que vieron con nosotros El retorno del Jedi en el cine y han despedido dos veces a Soda Stereo. 

Estamos montando empresas, enriqueciendo la literatura venezolana, tomando decisiones en algún cubículo oficial, abriendo websites, ampliando las fronteras de la expresión artística. También, hay que decirlo, nuestra generación ha dado sus propios sinvergüenzas.

Pero ahora nos corresponde demostrar si valemos para algo. Si nuestro convulso viaje desde la inocencia ilusionada hasta el desolado descreimiento de la adultez nos hizo capaces de ayudar a este país a que sea, por lo menos, un pelín mejor.

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