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4 dic. 2016

Los hijos de nuestros hijos

Clifford D. Simak es uno de mis autores de referencia de la ciencia ficción. Este libro pertenece a su etapa menos celebrada, carece de la complejidad literaria y filosófica que ya empezaba a exigirse a la ciencia ficción por allá en los setenta.


Pero este libro resulta, sin embargo, terriblemente actual, hasta el punto de que no me extrañaría que apareciera una serie de televisión (todo lo superficial que se quiera) siguiendo los mismos planteamientos.

Corre el año 1975 y Bentley Price, un reportero gráfico, asiste atónito a la apertura de una especie de portal del que empieza a brotar una multitud de personas, vestidas de forma curiosa, que se identifican como refugiados de un tiempo, 500 años en el futuro, en que la humanidad estará a punto de ser aniquilada por una feroz raza alienígena.

A partir de este planteamiento, Simak construye una historia narrada en pequeños fragmentos, con múltiples puntos de vista, que trata sobre la reacciones a esta situación (y a la petición de ayuda de los exiliados para construir nuevos túneles del tiempo que los conduzcan hasta su destino definitivo en el mioceno), tanto políticas (uno de los principales personajes es el portavoz de la Casa Blanca, y el presidente estadounidense juega un papel destacado) como religiosas (nuestros lejanos descendientes han prescindido de cualquier credo), económicas (con los problemas derivados de la súbita superpoblación y los intereses comerciales que podrían derivarse de la explotación de la tecnología temporal) o militares (uno de los monstruos del futuro consigue atravesar el portal, exhibiendo un rapidísimo crecimiento exponencial que multiplica cada poco tiempo la amenaza que supone). 

Por desgracia, 150 escasas páginas dan para poca profundidad en ninguno de estos frentes, por lo que se imponen simplificaciones tan extremas que la novela se antoja de una ingenuidad pasmosa. En definitiva, se trata de un escenario interesante, tratado con excesiva ligereza e ingenuidad y sin las dosis de mala leche necesarias para hacer creíbles los conflictos e interesante la trama.

Es un pena que Simak no supiera (o no se atreviera) a profundizar en estas ideas, a denunciar la incapacidad de los gobiernos, demasiado preocupados por los índices de popularidad a corto plazo, para apartarnos de una senda autodestructiva, a explicitar la responsabilidad, tan sólo insinuada (algo es algo), de las grandes religiones organizadas en la no prevención del caos futuro, a señalar acusadoramente al capitalismo desbocado por su avaricia criminal, a denunciar, en pocas palabras, la filosofía de vivamos bien hoy y que nuestros hijos carguen con las consecuencias (idea que, sin duda, se haya presente en la novela de forma embrionaria, no sé si incluso inconsciente, desde su mismo título). 

Entonces podría estar hablando de un libro-denuncia imprescindible, en vez de recomendar un entretenimiento simple e inofensivo, que cierra tan en falso su trama como no acierta a abordar los temas de mayor calado, que despacha con unas pocas y poco comprometedoras líneas...

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