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3 may. 2016

¿Por qué no esperaste?

Dick Tracy se pregunto de repente. Era habitual que lo hiciera, siempre sucedía cuando un recuerdo se colaba en su conciencia estando despierto o, como pasaba con más frecuencia, en sus sueños.

Nuestro personaje de la gabardina amarilla meditaba. No había necesidad de precipitarse. Se recordó que haber esperado le arrumaría, más temprano que tarde, la sorpresa. No era necesario que entrara, pero quería entrar. Se respondía así a su propia pregunta.

La persecución había sido larga y frustrante, intuía que estaba tocando a su fin y él era el único que sabía lo peligrosa que podría llegar a ser la presa, acorralada en su guarida.

Dick Tracy, ya lo asumía entonces. No decía nada. Se preguntaba por qué, aunque conocía la verdadera razón. Nunca ha presenciado el momento luminiscente en que se tiene a alguien dominado y concentrado en la tarea de crear su muerte.

Era algo que deseaba ver y experimentar en primera persona. Estar ahí, en el instante en que la razón y la locura asesina se conjugan en un acto de salvajismo y depravación extraordinario. No se atrevía a llamarlo curiosidad, era algo más profundo que ardía en su interior.

Un grito agudo de terror desgarro la oscuridad que reinaba en el interior de la casa. Dick Tracy visualizaba su recuerdo. Fue una equivocación, un capricho, un error de cálculo. Él estaba convencido ahora que debió haber esperado al margen de lo que estaba sucediendo adentro.

A Dick Tracy, el resultado de esa noche se le antojaba como un recuerdo que le oprimía el pecho. Respiro hondo, ya no cabía ninguna posibilidad de una vuelta atrás.

Dick Tracy, sentado en su silla de ruedas, miraba fijamente los muñones de sus piernas cercenadas ese día… 

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