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4 abr. 2016

La caricia del amor (Autor: Luis E. Ascanio Cordero)

Aghatón, aquella noche, miró su cabello liso en el espejo y con la punta de sus diez dedos tocó delicadamente su cuero cabelludo; lo sintió blando. Presionó fuerte y palpó la dureza de su cráneo y entre sus dos manos tenía el rostro de un hombre abatido.


Salió a la calle decaído, otra vez caminaba hacia el peligro. Él, un hombre vulgar, fue invitado al banquete de un hombre sabio: ¿Por qué me convidaste amigo Fedro, a tu comida con gente culta y gustos refinados?. Pensaba.

Aghatón conocía los banquetes de Fedro. Seguro comería platillos extraños y tomaría vinos costosos en copas de cristal tallado. Pero nada de eso sería tan aterrador como las conversaciones de la sobremesa. 

Después de la comida seguía la bebida, acompañada de largos diálogos donde hablaban temas sobre los que nunca se atrevía a opinar y, al final del festín, regresaba a su casa decaído resintiendo su vulgaridad. 

Fedro sentó a Aghatón a su derecha en la mesa. Aghatón vio aquel gesto como un refugio donde estaría seguro durante la comida. Desde su asiento saludaba con tímidos gestos a otros invitados conocidos, mientras se decía a sí mismo: Si tan sólo las conversaciones que vienen, sólo por escucharlas, se derramaran sobre mí como una fuente de agua que llena un pozo vacío, porque eso soy yo, un hombre vacío y vulgar. 

Terminó la comida y en medio del salón se escuchó la voz del anfitrión: Amigos, el tema de la noche es el amor. En ese mismo instante, Aghatón creyó que el vino era fuego en sus venas que quemaba su blando cuero cabelludo, su duro cráneo; y casi debilitado pensó: ¿Cómo podrá un hombre vacío y vulgar hablar sobre el amor? 

Parecía ausente, pero allí estaba casi cabizbajo, atento, entre los comensales, escuchando ideas elevadas: El amor es un dios muy antiguo. Al principio, después del caos originario nació el amor un ser poderoso. Con el amor verdadero alcanzamos virtud y felicidad. El amor nos guía a la honestidad. El amor construye su casa en lo más blando del hombre: su alma.

Todas aquellas ideas caminaban en su cabeza pero en esta ocasión algo extraño sucedía. No se sentía aplanado. Una caricia invadía su interior como brisa suave que calmaba su terror. Las ideas, en su cabeza, parecían las pisadas delicadas de una niña que procura no tocar el suelo con sus pies. 

Era una sensación desconocida porque en los pasados convites, tantos pensamientos juntos, eran los pisotones de cientos de hombres huyendo despavoridos de un temblor. Esa noche no estaba apartado y temeroso se hallaba sentado junto a los otros amigos invitados. 

Estaba en silencio y en su interior había gozo; por primera vez el banquete era un lugar florido y perfumado.

Se despidió de Fedro y con un apretón de manos agradeció el amor invocado aquella noche por su amigo. Caminaba ligero y sonreía en complicidad con su vulgaridad pues aquella noche el pozo vacío fue colmado...

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