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28 abr. 2016

Donde el cielo y el agua se juntan

OLivia, de pie, escudriñaba con la mirada la superficie del agua. Alzo la vista hacia el cielo. El sol se hizo amo y señor de la mañana.


La pertinaz claridad casi resultaba dolorosa al reverberar en las aguas que rodeaban la embarcación. Se notaba ya el calor.

Tomo un tubo de protector solar, se lo aplico generosamente alrededor del cuello. Vestía su falda y blusa cotidiana. Se quito ambas y con un gesto de desdén las hecho sobre la cubierta.

Quedo totalmente desnuda. Dio unos pasos y se entrego al sol. Como a un amante ávido, sintiendo que sus rayos intensos incidían en sus pechos. Sus pezones reaccionaron.

Muy lentamente giraba. El sol acariciaba sus nalgas y lamia el sudor en su espalda. Se recostó un poco de espaldas y separo las piernas. El sol se ensaño con su entrepierna hasta que se poso en su sexo.

Se incorporo y unto protector por toda su desnudez hasta que su cuerpo relucía tanto como la superficie del agua.

Estaba sola, no se escuchaba sonido alguno, salvo el chapoteo del agua sobre el casco de la embarcación. Se rió en voz alta.

Si hubiera existido una manera de hacerle el amor a la mañana, seguro OLivia lo pondría en practica. En cambio dejo que el pulso se le acelerase de la emoción. El sol se dedico a cubrirla integra.

Permaneció así durante un rato. En su fuero interno le hablo al sol y a la mañana. Ustedes son peor que cualquier hombre. Me aman y satisfacen, pero se llevan mas de lo que les corresponde.

De mala gana volvió a vestirse, encendió el motor y se marcho de regreso. La brisa mañanera le azotaba la cara.

El sol y la mañana, cada día, le quemaban la piel y la harían envejecer antes de tiempo...

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